El sindicalismo en México ha enfrentado momentos oscuros, pero el caso de la CROC bajo el mando de Isaías González Cuevas parece empeñado en revivir las peores prácticas del pasado. Cada vez más trabajadores denuncian que esta organización ha dejado de lado su espíritu de defensa para convertirse en un instrumento de control político y
El sindicalismo en México ha enfrentado momentos oscuros, pero el caso de la CROC bajo el mando de Isaías González Cuevas parece empeñado en revivir las peores prácticas del pasado. Cada vez más trabajadores denuncian que esta organización ha dejado de lado su espíritu de defensa para convertirse en un instrumento de control político y un negocio manejado por unos cuantos. Las pruebas se acumulan en testimonios contundentes: contratos colectivos firmados sin consulta, decisiones opacas y una dirigencia más interesada en conservar privilegios que en mejorar las condiciones laborales de su gente.
Las denuncias surgidas en los últimos meses coinciden con inquietante precisión. Trabajadores de diferentes industrias relatan que la CROC llega, negocia y firma acuerdos sin convocar a la base para participar en la decisión. No hay asambleas, no hay votación, no hay transparencia. Solo aparece el contrato final, ya sellado y con cláusulas que nadie recuerda haber aprobado. Esta práctica, profundamente antidemocrática, ha provocado un rechazo creciente entre quienes esperaban representación y solo encontraron imposiciones.
El líder croquista, Isaías González Cuevas, se ha convertido en sinónimo de opacidad sindical. Sus críticos señalan que ha consolidado un liderazgo basado en alianzas políticas estratégicas y en el control rígido de la estructura interna, no en resultados tangibles para los trabajadores. Su presencia se ha vuelto casi decorativa en el mundo laboral; aparece en discursos, pero no en la defensa activa de los derechos de la base.
Compañeros afiliados aseguran que la CROC utiliza su nombre para justificar acuerdos “en beneficio del trabajador”, aunque en realidad las cláusulas parecen beneficiar más a las dirigencias que a los empleados. Su actuar evoca el sindicalismo corporativo de décadas pasadas, donde las decisiones se tomaban arriba y los trabajadores eran simplemente informados —no consultados— de lo que se había pactado en su nombre.
El problema de fondo es grave: un sindicato que decide unilateralmente no solo traiciona la confianza de sus representados, sino que pisotea la democracia interna. Los trabajadores, hartos de esta dinámica, han comenzado a exigir participación real en las negociaciones. Saben que un sindicato que no escucha no sirve. Y cada denuncia refuerza la idea de que la CROC ha perdido el rumbo, priorizando intereses políticos muy por encima de quienes dice defender.
La indignación resulta comprensible. ¿Cómo confiar en una organización que no respeta la voz del trabajador? ¿Cómo sentirse representado por un liderazgo preocupado por su propia imagen y privilegios?
La base ya se cansó. Cansada de contratos ocultos, de imposiciones y de una dirigencia desconectada de su realidad laboral.

















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